Hoy soñé con mi papá… me decía sonriente: “Hola linda” y aparentemente estaban de viaje con mamá. Estábamos teniendo una videollamada y él como siempre hablaba en el trasfondo…

Quizás este post les parezca que nada tiene que ver con los viajes, perdón si quieren entrar a mi blog y ver tips de como comprar tecnología barata en Malasia o como evitar a los monos en Bali, estoy segura que lo van a encontrar en otro lado 😉

Autodescubrimiento…

A veces viajar, alejarse, tomar rumbos nuevos nos acercan un poco más a nosotros mismos que cuando estamos en nuestros países, rodeados de las costumbres, la gente de todos los días, las noticias de todos los días y esa rutina, la bendita rutina. Algunos creen que viajamos para desentendernos de las cosas, en un momento pensé que podía ser así pero no. Viajamos para entenderlas un poco más, algunas veces para reinventarnos un poco y otras sólo para salir del piloto automático en el que estamos. Es algo así como un viaje al interior, pero nuestro… sí, un autodescubrimiento.

Así sucedió una de esas cosas que todos los que vivimos viajando tenemos tanto miedo. Dos semanas antes de venirme a Australia en mayo del 2017, mi viejo sufre un infarto, del cual sabíamos que era muy difícil que se recupere. Es raro, pero yo tenía un presentimiento… ya cuando quise comprarme mis vuelos para irme en febrero, pasó a marzo (en marzo estaban muy caros), lo pasé a abril y algo no se sentía bien… lo pasé a mayo.

Le comenté a mamá esto de, “qué será que va a pasar que no me puedo ir hasta mayo?”. Loco, no?. Mi papá fallece luego de unos días de estar internado. Siento que desde que ingresó, hasta meses después, todo lo viví en piloto automático.

Cambié mis vuelos y terminé viajando a Australia pero en agosto de ese mismo año. En todos esos meses anteriores, era como un aprender de muchas cosas. A nivel familia, transitamos un cambio enorme, descubrimos más de cada uno (cosas buenas y malas) y en el fondo todos hacíamos el duelo a nuestro modo.

A la vez con mi hermana estábamos aprendiendo a cómo manejar el negocio familiar. Levantarme a las 3 de la mañana porque se rompía una máquina o se cortaba la luz de repente y tener que buscar la solución ya, ir a repartir la mercadería con una lluvia torrencial por barrios que no tenían siquiera un mejorado en las calles, a veces mamá salía conmigo para darme una mano y empujábamos juntas la camioneta en el barro, nos reíamos juntas y le hablábamos a papá. Sin dudas, a veces sentía que yo era él pero en mi propia versión.

Me lo pasé trabajando, además de la panadería de papá yo había conseguido un nuevo trabajo que me encantaba así que hacía un poco de las dos cosas y por supuesto el fin de semana era el momento en que más trabajo teníamos. Básicamente no paraba, había bajado mucho de peso, quienes me conocen saben que soy flaquita pero esta vez no llegaba a pesar 50kg.

Hora de irse…

Llegó agosto y nunca pero nunca me estaba yendo de viaje con tan poca gana. Me estaba viniendo a Australia! Siempre quise venir a Australia, no saben lo que me costó conseguir mi visa y después de todo ya sólo quedaba subirme al avión y llegar al país de los canguros.

Pero ahí estaba yo, armando el bolso horas antes de salir (normalmente tengo todo listo como dos semanas antes jaja) preguntándome si estaba haciendo bien en irme, sentía que dejaba a todos con el “quilombo” y yo seguía con mi vida.

Mi primer mes viviendo en Sydney, estaba tan cansada… me lo pasaba trabajando y durmiendo (en lo posible). No moría de ganas de socializar, de hecho me sentía rara en los grupos, así que terminaba por evitar las grandes masas, todo me parecía tonto y estúpido, las conversaciones, los “problemas” de la gente viviendo en el primer mundo, la de los latinos viviendo en el primer mundo. Todo…

Una de mis flatmates (compañera de casa) y ahora una de mis mejores amigas me hizo notar preguntándome todo el tiempo si algo me pasaba, la verdad que no pensaba que me esté pasando algo en particular. Sí, me sentía rara a diferencia de otras veces cuando me mudo a un lugar nuevo. Normalmente soy como muy “outgoing” como le dicen en inglés, sociable, me gusta conocer, salir, explorar, escribir, fotografiar todo… TODO.

Apenas había sacado mi cámara del bolso. Hacía meses que no escribía y tenía tanto para escribir. Hasta que un día dije “Es hora de cambiar esto”, me sentía ahogada, preocupada, mi cabeza estaba en Argentina y me estaba perdiendo de la maravilla y el privilegio de estar donde estaba. Empecé a hacer yoga, a veces al terminar mis clases me ha pasado de llegar a casa llorando. Me daba cuenta que finalmente estaba haciendo mi duelo y sacándome de a poco todo ese peso de encima. Estaba saliendo de esa mente en piloto y empezando a sentir un poco lo que me pasaba realmente.

Esa parte de mi vida, que creo que aún la sigo pasando, la pienso como cuando uno va en el avión y te dicen que en caso de emergencia primero se tiene que colocar uno la máscara de oxígeno para poder colocársela a los otros. Supongo que este fue mi caso, y necesitaba estar bien yo misma para poder ayudar al resto.

Volver…

Después de 6 meses fui a Argentina de visitas y a trabajar un mes. Mi mamá me dijo que se sintió tan bien, que le traje aires de renovación, aires limpios y creo que yo también lo noté. Digo: “Bueno, el haberme ido valió la pena… para mi y para el resto”. No fue algo fácil, pero lo tenía que hacer porque sino por cuánto tiempo más iba a seguir así? Haciendo todo automáticamente sin respirar un segundo.

Todos los viajes tienen algo, todos en distintos momentos de mi vida, y todos me acercaron un poquito más a mi misma, a conocer mis tiempos, mis ganas y mis no ganas. Aprendí que viajar también me enseñó a apreciar la vida de otra forma, y para entender la muerte tomé cosas de otras culturas también.

Yo creo que el mayor miedo de quienes vivimos viajando es no estar para cuando algo malo pasa en casa, a veces es inevitable, a veces nos culpamos por no estar. Tuve la suerte de que mi visa de Australia no me haya salido mientras viajaba por Asia porque de ser así no hubiese ido a Argentina por casi otro año. Fue frustrante el proceso pero ahora entiendo todo… pude pasar los últimos meses con mi viejo. Discutimos miles de veces pero así también le dije muchas cosas buenas y cosas que siempre me enorgullecen hasta el día de hoy como hija de mis viejos y cuando me tocó despedirlo me sentí en paz, porque pude estar, porque no hay nada que me haya quedado por decir… y porque finalmente pude entender nuestras diferencias y similitudes.

Entendí que me podría haber pasado viajando, pero a veces pienso que en la vida no nos toca nada que no podamos afrontar. Quizás yo no iba a poder afrontarlo lejos, quizás vos sí… pero nunca dejes de decirles a tus viejos, especialmente a tus viejos todo lo que aprecias de ellos y lo importante que son para vos, no importa que tan rompe seas… decilo, SIEMPRE. Eso traspasa todo, y acerca todo por más que estemos a miles de kilómetros de distancia.