Pasó un tiempo desde que llegué a Rio de Janeiro por primera vez. Fue uno de esos lugares que nunca se olvidan cuando sentís algo desde el minuto cero. Después de haber vivido en Seattle, no había experimentado esa sensación con otra ciudad y hablo de respirar y sentirte como en casa, como que pertenezco a ese lugar de una manera profunda. Ok, estaba maravillada con lo que había vivido en todo ese mes en Brasil pero esta ciudad me despertó algo realmente especial.

Todavía recuerdo haberme subido al bus que nos llevaba desde el aeropuerto hasta una calle de Copacabana, no había visto nada de la ciudad aún pero suspiré y pensé: “algún día tengo que vivir en este lugar”. Sentía como una nostalgia anticipada en cierto modo porque si estábamos en Río, eso sólo significaba que nuestro mes en ese bello país estaba llegando a su fin y era momento de volver a la vida real (No de nuevo decía).

Bajamos del bus, era un hermoso día soleado y no podía sentir nada más que esa vibra tan linda que definitivamente podría decir que caracteriza no sólo a las ciudades de Brasil, sino a toda su gente.

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Estábamos en plena semana de carnaval, los precios por las nubes y por supuesto todos los hostels (como lo más barato) ocupados. La chica inglesa que viajaba con nosotros y que conocimos a lo largo de nuestro trayecto tenía alquilado, junto con una amiga brasileña y otra de su país, un departamento pequeño a metros de la playa. Se ofreció a darnos un lugar por el momento hasta que conseguíamos algo, la verdad es que nos terminamos quedando con ellas porque no encontramos nada que mínimamente pudiésemos pagar. Prácticamente no estábamos nunca ahí, no sólo nosotros con Ger sino que ellas tampoco así que supusimos (o quisimos creer) que no era gran problema y por supuesto pagamos nuestra parte.

Esa mañana, después de instalarnos fuimos a recorrer un poco la playa con Ger y por supuesto a desayunar. Yo estaba muerta de sueño pero eran apenas 5 días los que teníamos en la “Cidade Maravilhosa” y no me quería perder nada por dormir.

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Como había mencionado antes, la ciudad estaba en plenos festejos de carnaval por lo que supongo había más gente de lo normal y las fiestas de los blocos eran increíblemente masivas. Los blocos son grupos que planean fiestas un poco más casuales en las calles de Río durante esa época del año, escriben una canción y una banda acompaña a la gente reunida al ritmo de la samba. La gente usa todo tipo de pelucas y gorros, se vende mucha bebida prácticamente de lo que quieras. En un momento vendían shots de tequila jajaj, una locura linda! 

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Finalmente la gente termina en la playa, viendo el atardecer. Bueno algo que no pude observar desgraciadamente, (qué pena, voy a tener que volver) porque en un momento me perdí del grupo y una de las chicas estaba un poco pasada de tanto tequila por lo que no me quedó otra que llevarla de vuelta al departamento. Me pasa algo chistoso porque que hoy la veo dando charlas TED alrededor del mundo y pienso en el momento en que prácticamente arrastré a esa chica ebria por las calles de Copacabana jajaj.

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En una de las noches fuimos a cenar todos juntos a un restaurant frente al posto 6 y luego de eso fuimos hasta el sambódromo porque yo estaba inquieta en que quería presenciar el carnaval. Estábamos cortos de dinero y no nos queríamos arriesgar a comprar entradas de reventa, si bien estuvimos a punto creímos mejor no hacerlo, pero bueno, pude ver un poco el desfile por una ranura de las instalaciones jajaj #esdepobre. No voy a mentir, me quedé con muchas ganas aunque supongo que lo haré en otra vuelta si Dios quiere.

De todas formas vimos la previa y el after de muchas de las escuelas de samba, sus producciones en lo que llevaban puesto y en las carrozas increíbles, todas con el más mínimo detalle. Nos sacamos unas fotos con algunos integrantes de las “escolas do samba” y después de eso nos sentamos con Ger y nuestra compañera a tomar unos tragos. Increíble pero en pleno Brasil me sirvieron la caipirinha más fea del mundo, y tampoco era tan barata como para justificarlos jaja.

Al día siguiente recorrimos Ipanema y otras partes de la ciudad, la idea era juntarnos con los demás chicos ingleses con los que veníamos viajando pero no tuvimos suerte porque no encontramos su hostel. Seguimos caminando y en la tarde con Ger fuimos al Cristo Redentor en el cuál pagamos R$40… no tuvimos mucha suerte porque si bien subimos, se hizo tarde y no alcanzamos a ver la ciudad de día aunque de noche es increíble.

En nuestro último día quería ir al Pan de Azúcar, un morro ubicado en el residencial barrio de Urca en la zona sur de la ciudad. Ger estaba un poco en desacuerdo conmigo porque él tenía ganas de pasar el resto del tiempo que nos quedaba tirado en la playa jaja, y no lo culpo pero la verdad que la vista que tuvimos (esta vez de día)  fue realmente una de las cosas más lindas que vimos. Luego de darme el gusto, como era justo fuimos a la playa a pasar nuestras últimas horas en Río de Janeiro.

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Me quedaron muchas cosas por ver y vivir en esta cautivante ciudad pero en esos pocos días recorrimos, bailamos, y nos divertimos lo más que pudimos! En la noche viajamos en bus hacia São Paulo, y podríamos decir que le dimos una segunda oportunidad a la ciudad que nos espantó en nuestra primera llegada un mes atrás. Tomamos los consejos de los mejores lugares para recorrer gracias a las amigas de nuestra compañera de viaje que estaban viviendo en esa ciudad. Y quizá nos terminó gustando un poquito más, al menos para cerrar nuestro MARAVILHOSO mes en uno de los países más lindos que alguna vez, por lo menos yo, haya recorrido.

ADEUS BRASIL!