Viajar es la decisión que tomo constantemente en mi vida y créanme que es una de las más difíciles. A veces quisiera ir a ningún lado, quedarme en casa, disfrutar de la compañía de mi gente, mis perros y gatos, dejar de empacar y desempacar, dormir en mi cama y que las sábanas tengan siempre el olor a mi hogar.

Está llegando el día que tanto esperé… después de tanto buscar mi próximo destino, de investigar en la web… después de tantos años soñando con ese viaje largo acá estoy con el bolso a medio armar…y si supiesen lo triste que me pone armar la mochila. Yo sé que nadie me obliga a llevar esta vida, hasta tengo esa suerte de poder elegir y pensarán: “Qué tipa desagradecida” pero esto no tiene nada que ver con el agradecimiento. Estoy feliz porque finalmente estoy cumpliendo mis objetivos, mis metas… soy una persona afortunada pero no puedo impedir que me invada al mismo tiempo una profunda melancolía que me recorre de pies a cabeza.

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Eran las 10:30pm y mamá me encuentra parada en mi habitación sin hacer nada, sólo parada mirando el desorden y mi valija a medio armar. Entra con un plato con tartas para ver la novela como lo hacemos casi todas las noches pero hoy no aguanté más, necesitaba abrazarla y llorar. Necesitaba descargar todo el cansancio que llevo dentro, descargar los miedos que también tengo, que cuando uno se va haciendo más grande parecen peores, el cansancio de las despedidas, de sentir que todavía tengo una larga lista de cosas para hacer antes de dejar Argentina. Lloramos las dos, le prometí que no haría nada que no la deje tranquila, que voy a ser doblemente responsable de mi misma, aunque sé que no es necesario que se lo diga, ella lo sabe y me lo dice, sabemos que a mucha gente le gustaría hacer esto, hizo que lo recordara y eso hizo que recobrara entereza por un rato, porque así como probablemente pensaron “qué tipa desagradecida” es lo mismo que se me cruzó por la cabeza respecto a mi misma. Con mamá siento una conexión muy fuerte, es abrazarla y sentir ese amor de madre e hija y saber que por ella soy capaz de dar la vida. Sólo sentimos extrañitis aguda antes de tiempo y está bien, no necesito explicarlo demasiado, es algo que hay que permitirse porque es parte del viaje, del viaje de la vida.

Hoy siento que mis personalidades se enfrentaron con toda su fuerza, por un lado esa persona extrovertida que no ve la hora de seguir caminando el mundo, que siente que nació para vivir experiencias locas, lindas y sanas y por otro esa persona que quiere tener una vida tranquila en casa, teniendo laargas charlas con la vieja mientras secan los platos o tienden la ropa, de esas que se dan el gusto de un helado mientras chocan los fríos pies. Sé que no puedo tener todo junto, sé lo que arriesgo pero también sé lo que gano. Sé que no va a ser fácil pero necesito hacerlo, necesito ir a ver cómo es porque no quiero que sólo me lo cuenten, quiero decidir por mi misma si me gusta o no y no quedarme con las ganas.

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He viajado bastante en lo que llevo de vida, sumado a las idas y venidas a casa desde Córdoba donde estaba estudiando y siempre pero siempre tenía lo que yo llamaba “los domingos melancólicos”, esa previa a viajar que me daba un dolor en el pecho por más que supiese que en un mes mínimo estaría de vuelta… imagínense ahora con un poco más de incertidumbre.

Para una persona como yo, apegada a mis afectos nadie tiene idea de lo mucho que me cuesta dejar todo eso para seguir con esta loca y linda idea. Seguramente quién esté leyendo esto no tiene en claro si siento felicidad o una inmensa tristeza, y está bien porque en este mismo momento me toca tener un poco de las dos…